SOCIEDAD

Sábado 2 de julio de 2005

Es inevitable que las sociedades cambien a través del tiempo. La mayoría de las veces los cambios son impulsados por la energía de los más jóvenes, quienes se manifiestan disconformes con ciertos moldes establecidos por sus mayores. Por otro lado, estos últimos con frecuencia recuerdan sus tiempos de juventud con añoranza, y parecen no aprobar todos los cambios con entusiasmo. Pero es inevitable que, en el largo plazo, los primeros se impongan sobre los segundos; cuando los jóvenes de hoy se transformen en los ancianos del mañana, y los ancianos de hoy ya no estén presentes en este mundo.

Según esta tendencia natural, que se convierte en un ciclo interminable, las sociedades deberían progresar de manera indefinida. Sin embargo, la ignorancia de unos y la soberbia de otros permite que, con cierta frecuencia, determinados grupos, organizaciones o naciones, atraviesen por periodos de gran oscuridad de valores y principios; en los cuales cunden la perversión, la corrupción y la violencia. En algunos casos, esta decadencia se hace tan sostenida que culmina con la desaparición de un modo de vida determinado.

Los que somos padres no queremos que nuestros hijos se enfrenten a males peores que aquellos a los que nosotros nos hemos enfrentado; pero nos vemos obligados a reconocer que en sociedades tan abiertas como las que existen actualmente son muchas las variables que escapan a nuestro control. Por ello es que tratamos de entregarles una preparación adecuada, traspasándoles lo mejor que tenemos y podemos adquirir en su beneficio. Estamos conscientes de que no podremos evitarles todas las dificultades, pero nos conformamos con sentirnos seguros de que no cometerán errores irreparables, y no se dejarán arrastrar hacia el mal por las masas enceguecidas.

En medio de esta preocupación, nos resulta extraño escuchar frases como: "la experiencia ajena no sirve para nada", "da lo mismo esto que aquello",  "todos pueden tener la razón", "ellos son los malos y nosotros somos los buenos", "lo que hago con mi vida es asunto mío", "no le debo nada a nadie", "no me arrepiento de nada"; más aún si dichas palabras surgen de la boca de personas que ya superan los treinta años de edad. Lo cierto es que la vida es un continuo aprendizaje, y todos deberíamos admitir que las opiniones y experiencias de otros pueden resultarnos muy valiosas, tanto para imitar lo bueno como para evitar lo malo que hay en ellas. Tenemos la capacidad espiritual para aprovechar este material en nuestro beneficio y en el de nuestros semejantes. ¡No nos neguemos a usarla!