MI AFICIÓN MUSICAL

Lunes 1 de octubre de 2001

 

Tal como ocurre con la literatura, mi afición musical es un don que Dios me entregó desde que yo era muy niño, aunque tardaría bastante más en desarrollarlo.

Según recuerdo, a los ocho años, más o menos, quise tocar las teclas de un piano; que veía con frecuencia en una casa a la que iba a ver televisión, a cambio de un par de monedas. Nunca me atreví, sin embargo, a pedir que me dejaran hacerlo; en ese o en otro lugar donde hubiera uno de esos instrumentos, que ya casi eran objeto de colección, tras ser desplazados varias décadas antes por la incursión de la radio en los hogares.

En nuestra iglesia, por otro lado, la música instrumental goza de una vasta tradición. Es así, como desde niño crecí entre guitarras, mandolinas, banjos, acordeones y violines; que eran, y siguen siendo, los instrumentos más comunes para acompañar las alabanzas a Jesús, en nuestras reuniones espirituales. No es raro, por lo tanto, que muchos niños evangélicos se aficionen a la música, tratando de seguir el ejemplo de los adultos.

Así también ocurrió con cada uno de mis hermanos, siendo dos los que lograron mayores progresos: Horacio y Gonzalo. Ellos llegaron a dirigir coros instrumentales completos y a tocar bien diversos instrumentos. Entre los cinco, yo fui el más torpe. En vano, más de alguien quiso enseñarme como se pulsaban las cuerdas de una guitarra o un banjo; mis articulaciones parecían estar impedidas para alcanzar la destreza necesaria. Yo no era indiferente a esta desgracia. Una y otra vez volví a intentarlo, a través de los años; logrando, como mucho, realizar algunos acordes, en privado; en público, en cambio, nunca tuve la seguridad ni la rapidez que se necesitaba para seguir el ritmo de los demás.

Sin embargo, me deleitaba cantando, aunque tampoco tuviera un buen timbre de voz. Al fin y al cabo, entre tantas otras voces que sonaban al unísono, entonando alabanzas en el templo, no se notaban las desafinaciones; que, por lo demás, a nadie le importaban mucho en ese ambiente bullicioso, tan propio de la liturgia pentecostal. Pero, aunque permanecía oculto por la oposición de mis limitaciones físicas, el don espiritual estaba latente en mi interior; y tarde o temprano encontraría una salida.

En cuanto a la música docta, no recuerdo que me llamara la atención en esos años; y en mi familia nadie había que fuese aficionado a disfrutarla. Sin embargo, alrededor de los ocho años de edad, tuve la oportunidad de escuchar, en una radionovela que transmitía la radio Agricultura, cuando yo regresaba de la escuela, la vida y algo de la música de quien llegaría a ser, varios años más tarde, mi compositor favorito: Ludwid Van Beethoven. La historia de este sordo genial marcó en mí una huella que ya no se borraría jamás. En otra oportunidad, escuché por primera vez, en un programa realizado en la radio Minería, la pieza ejecutada en piano, "Para Elisa", que se convirtió en la obra musical más hermosa que había escuchado hasta entonces; aunque ni soñaba con llegar a interpretarla.

En cuanto a la música popular, como muchos otros jóvenes yo gustaba de las canciones románticas, pero rechazaba las más ruidosas, y no asistía a fiestas donde se ejecutara música bailable. En cierta oportunidad, cuando cursaba el sexto año básico, nuestro profesor de música nos pidió que cantáramos algo, con el fin de evaluarnos. Entonces descubrí que sólo sabía cantar himnos y coros evangélicos; así es que le pedí permiso para cantar uno, con algo de temor, por ser el único que hacía tal cosa. Lamentablemente, la enseñanza de la música en los colegios era meramente teórica, y tampoco allí me enseñaron a tocar algún instrumento. A lo más, aprendí a solfear el ritmo de algunas negras y blancas con las manos.

Muchos de mis poemas nacieron como canciones, que espontáneamente aparecían en mi mente, reflejando la alegría o la tristeza de un momento. Hubo una época, entre los quince y los veinte años de edad, en que me iba caminando, los días domingo, hacia la Catedral, por la calle Exposición; que casi siempre estaba vacía de personas, ya que a un costado estaba la línea férrea y al otro había casas comerciales y bodegas. Así es que, en la soledad de mi ruta, surgían de mi corazón, una tras otra, las melodías y palabras que, la mayoría de las veces, eran de alabanza y gratitud a Dios, mientras danzaba de algún modo, sin que nadie me viera. ¡Qué feliz me sentía en esos instantes!

Al ingresar a la Universidad tenía diecisiete años, y mi objetivo primordial era lograr un título profesional. Debido a esto, y a los múltiples problemas que me tocó vivir en esa etapa, postergué mis actividades artísticas a un segundo plano. Sin embargo, fue precisamente allí donde me encontré, poco después, con un aviso que invitaba a los alumnos interesados a participar en un curso de guitarra clásica, a cambio de una pequeña cuota mensual. Yo lo leí, y pensé: qué lindo sería aprender algo así, pero no tengo el dinero ni la guitarra. Así es que debí esperar hasta el tercer año, cuando con el aporte de una beca que obtuve y una guitarra prestada, me inscribí en el curso mencionado; junto a Eduardo Lee, mi compañero más cercano.

El curso había sido organizado por Enrique Kaliski, estudiante de Ingeniería Hidraúlica; y no daba puntaje (unidades docentes o créditos) para los requisitos de la carrera, ya que el objetivo de su organizador era que se inscribieran los que realmente tuviesen interés. Posteriormente se unió a él, para enseñar la parte teórica, Dino Risso, estudiante del Plan Común, que deseaba optar por la especialidad de física. Al comienzo, con mucho entusiasmo acudimos a las clases, pero como partimos de cero, pronto nos dimos cuenta que sería realmente difícil llegar a tocar algo. Si para pellizcar sólo una cuerda al aire, con mis dedos en una sucesión de medios tonos, me dolían las manos; de forma que llegué a pensar que jamás lograría aplicar la potencia regulada que se requiere para ejecutar cada ritmo. Eduardo fue el primero en abandonar el curso, y me facilitó su hermosa guitarra, ya que la que yo usaba fue solicitada por su dueño a mi hermano.

Pasó el semestre, y al siguiente debí decidir entre seguir con la música o con mis estudios de ingeniería. Sensatamente, opté por lo segundo; ya que no tenía tiempo para ambas cosas. Un año más tarde me volví a integrar al curso, pero tras algunos meses, debí abandonarlo de nuevo, por las mismas razones de antes. Ya no regresé más; pero al egresar de la carrera, conservaba conmigo un pequeño librito, hecho a mano con fotocopias, de no más de treinta páginas, y algunas partituras para practicar. Poco más tarde me enfrentaría a un severo agotamiento físico y mental. Sufría de afonías completas y dolores en mi garganta, que ya no me permitían cantar como antes; y me consolaba pensando que quizá Dios me permitiese participar en un coro celestial algún día. Ni siquiera podía orar, porque me quedaba dormido de rodillas. Es esta amarga etapa, sólo había dos cosas en las que podía concentrarme: leer la Biblia y tocar guitarra, con la ayuda de las humildes herramientas que tenía.

Ahora pienso que, si hubiese tenido buena voz todo el tiempo, jamás me habría atrevido a porfiar tanto, para vencer mis limitaciones naturales al tocar. El esfuerzo extremo me causaba dolores musculares en la espalda, en los brazos y en las manos; aún cuando me encontrase dormido. Pero poco a poco fui sanando, y avanzando lentamente en mi ruta hacia el objetivo, que cada vez parecía más asequible: tocar completa alguna de las piezas que me desafiaban desde el pentagrama. La primera, y una de las pocas que logré interpretar de memoria, tras mil ensayos o más, fue Greensleaves.

Con mis primeros sueldos, en los años 1984 - 1985, compré una colección sencilla de grabaciones y biografías, titulada Los Grandes Compositores, que publicó la revista Ercilla. A través de ella pude conocer a los autores de más prestigio en la música docta de todos los tiempos. Luego me aficioné a escuchar piezas que eran difundidas por cinco emisoras, que son: Beethoven, Andrés Bello, El Conquistador, Universidad de Chile y Universidad de Santiago. Entonces calificaba mis audiciones con letras, que significaban: Buena (B), Excelente (E), Formidable (F) y Maravillosa (M). Así me fui formando un repertorio de mi gusto, que me permitía escoger la radio para una ocasión determinada.

También en esa época, uno de mis vecinos me prestó un violín, al saber que yo era aficionado a la música, junto a un antiguo libro de instrucciones. Yo lo conservé casi sin tocarlo, porque le faltaban cuerdas, una clavija y algunos crines. Sin embargo, tras unirme a mi esposa, le propuse a mi ex-vecino la compra o la devolución; él optó por lo primero, y entonces me dediqué a buscar los implementos necesarios para dejarlo a punto. Lo toqué durante un par de años, aunque sólo llegué a ejecutar piezas de estudio. Tras el nacimiento de mi primer hijo, en diciembre de 1988, se quedó encerrado en su viejo estuche, con esporádicos escapes, hasta el día de hoy.

En el campo laboral me topé con dos personas que me facilitaron partituras: Franz Glaser, en Savory, quien me regaló copias de unos estudios de Fernando Sor; y Horacio Rodríguez, en Nestlé, quien me regaló un juego de obras pequeñas, que utilizaba su hijo en las clases que tomaba en la Escuela Moderna. Gracias a estas nuevas composiciones, avancé aun más en mi aprendizaje, hasta que llegué a interpretar varias de ellas, con algunas imperfecciones. Todo esto lo hice siempre en privado, y siguiendo las indicaciones que aparecían escritas sobre las notas, sin recibir el apoyo de alguien en forma oral. Además, comencé a escribir mis propias composiciones para guitarra.

Luego ingresé a trabajar al Banco Internacional, cuya casa matriz está ubicada a una cuadra de la Biblioteca Nacional. En dicho centro cultural, con cierta frecuencia, se realizan presentaciones de obras clásicas, en la Sala América, con entrada gratuita; que han acrecentado mi cultura musical. Me causó una grata sorpresa, las primeras veces que asistí a ese lugar, la hermosura y comodidad de las instalaciones, y la buena calidad de los intérpretes; algunos de los cuales son estudiantes y otros profesionales. En particular recuerdo una serie de sonatas de Beethoven, ejecutadas por la Sra. Elvira Savi, que me impresionaron mucho por la destreza de dicha artista. Desgraciadamente, a pesar de no tener costo de ingreso, no son muchas las personas que aprecian el aporte que hacen los promotores de estos eventos, ya que rara vez se completa el recinto.

Al nacer mi hija, en septiembre de 1992, se me hizo cada vez más difícil dedicar tiempo a la guitarra. Cada vez que la tomaba, ella o mi hijo la querían utilizar como juguete, interrumpiendo mis ensayos; los que se hicieron menos frecuentes, con lo cual fui perdiendo algo de mi habilidad, que nunca llegó a desarrollarse en gran forma. Entonces ocurrió que Gonzalo, uno de mis hermanos, comenzó a tocar flauta dulce; y yo pensé que esa sería una buena posibilidad para facilitarme la ejecución musical, tanto en mi casa como en la iglesia; ya que tal instrumento es de los más pequeños, baratos, portátiles y ocultables que existen.

Así fue como, tras algunos ensayos, me di cuenta de que no sería difícil tocarla. Aunque este sencillo instrumento tiene claras desventajas, en lo que se refiere a su capacidad armónica y amplitud de registro, me abrió una nueva perspectiva en la composición de melodías simples. Debido a ello, escribí una serie de partituras en borrador, con ideas a medio elaborar, tal como me ocurrió con mis poemas, años antes. Teniendo en cuenta estas experiencias, renuncié para siempre al posible objetivo de ser un buen intérprete (aunque en realidad por mucho tiempo me conformé con tocar algunas piezas frente a mis familiares más cercanos); y me propuse llegar a ser un buen compositor. Aunque parezca extraño, esto sí me parecía algo alcanzable, aunque de manera muy paulatina.

Al volver a priorizar mi actividad literaria, en el año 1997, dejé de lado mis actividades musicales, salvo en lo que se refiere a mis participaciones en el coro instrumental de la iglesia. Hasta ese momento, yo pensaba que más adelante podría comprarme algún otro instrumento de viento, como una flauta traversa; que tuviera un mejor sonido que el de la flauta dulce. En cuanto a los teclados, en la década de los años ochenta estuve haciendo algunas averiguaciones, pero eran demasiado caros. Aunque al aproximarse el año 2000 éstos habían bajado considerablemente su precio, siempre postergaba la adquisición de uno, ya que tenía otras prioridades culturales.

A mediados del año 1999, mi hijo Israel, que en ese tiempo tenía diez años, me mostró un órgano electrónico que estaba en oferta, en el catálogo de un centro comercial; y me preguntó si podía adquirirlo con el dinero que había ahorrado de su mesada. Le dije que estaba bien, si su mamá también estaba de acuerdo; pero jamás imaginé que yo terminaría usándolo más que él, ya que era superior a lo que imaginé. Para aprender a tocarlo, me compré un libro de James Bastien, para principantes adultos en piano; y con este material pude progresar bastante en la interpretación. También en el aspecto teórico, este instrumento permite, como ningún otro, disponer de una posibilidad armónica y un registro melódico completísimos. Con él compuse una pieza completa titulada Perdón, y partes de otras que no he titulado aún.

Como si fuera poco lo anterior, en la Navidad del año 1999, compré un computador multimedia; con la idea de escribir en él, y de que mis hijos tuvieran entretención y material de estudio. Unos meses más tarde llegaría a mis manos un software que permite escribir la música en un pentagrama virtual. Con esto, puedo escribir composiciones que combinan varios instrumentos; almacenarlas, corregirlas, imprimirlas y escucharlas. La versión del Sistema Musical, que se llama Studio 4, es del año 1995, y presenta algunas limitaciones para los matices; sin embargo, he podido avanzar notablemente, al pasar en limpio o completar melodías que había escrito en borrador, y producir otras nuevas. Pero lo más estupendo fue que tuve la posibilidad de orquestar las mismas piezas que antes había escrito para instrumentos solos. Como no tenía manual en español, tuve que adivinar varios términos musicales del inglés; pero, tras muchos ensayos y errores, pude obtener finalmente algunas obras bastante aceptables, que ahora he presentado en Internet.

 

Jueves 5 de abril de 2002