MI AFICIÓN LITERARIA

Viernes 10 de Noviembre de 2000

Mi afición a la literatura no surge de una intención consciente en cierto momento de mi vida. Simplemente, nació junto conmigo; como un regalo de Dios.

Desde que aprendí a leer a los cuatro años de edad, por iniciativa propia y antes de ingresar a la escuela, el lenguaje escrito se transformó en algo realmente importante para mí. Leía todo lo que se cruzaba en mi camino, desde los trozos de diarios viejos que pisaba en la vía pública, hasta el Nuevo Testamento que cada noche guardaba bajo mi almohada. Sin embargo, debido a la falta de recursos económicos en mi familia, compuesta por mis padres y otros cuatro hermanos, no tuve a mi alcance todos los textos que deseaba. Fue así como me entretuve leyendo revistas y libros prestados; o que, debido a su antigüedad, habían perdido páginas del comienzo o el final. De vez en cuando, con el escaso dinero que poseía, prefería comprarme un fascículo atrasado de la Enciclopedia Estudiantil, antes que una golosina o un juguete.

En cierta oportunidad mi madre preguntó a sus pequeños hijos qué nos gustaría ser en la edad adulta, como muchos otros padres lo hacen. Recuerdo en particular la respuesta de mi hermano mayor: el sería médico; hoy ejerce como tal. Yo en cambio, respondí que deseaba ser predicador. La verdad es que, a pesar de tener siete u ocho años de edad, me molestaba en gran manera que muchas de las personas reconocidas entre las más sabias e inteligentes en nuestra sociedad ignorasen sistemáticamente a Dios. Deseaba tener la oportunidad de demostrar que la fe no se oponía a la sabiduría, sino más bien que esta última procedía de la primera; aunque, obviamente, no habría sido capaz de expresarlo de esta forma en esa etapa de mi vida.

Comencé a ejercer y valorar el don que poseía, cuando mis profesores instaban a sus alumnos a relatar sus aventuras y sentimientos en las tradicionales composiciones de aquella época. Fue así como obtuve mi primer premio a los nueve años, en un concurso sobre la Amistad, que se realizaba todos los años, como parte de la celebración de la Semana del Niño. El día de la premiación, todos los cursos se formaron en torno a uno de los patios de la escuela República de Colombia, mientras en el centro estaban los organizadores y los premios; que consistían en pelotas plásticas y bustos de héroes nacionales, tales como Bernardo O´Higgins y Arturo Prat. Yo tenía la intención de escoger uno de estos últimos; pero, poco antes de que me llamaran, mis compañeros comenzaron a sugerirme al oído, en voz baja: escoge la pelota … escoge la pelota. Fue así como, por complacerlos, les hice caso en mi elección. Hasta hoy me duele no haber sido capaz de resistirme a su caprichosa y egoísta imposición, ya que nada queda de ese trofeo plástico y endeble; pero esta es una de las lecciones que en la vida me ha hecho más fuerte frente a los demás.

A los diez años, aproximadamente, mi tía Clotilde me regaló mi primera Biblia. La leía con entusiasmo todas las noches, antes de acostarme; y luego la guardaba en una maleta pequeña que ponía a un costado de mi cama, apoyada en la pared. Así fue como los grandes héroes de mi infancia fueron personajes bíblicos, tales como Abraham, Isaac, Jacob, José, Elías, Daniel, David, y muchos otros; siendo, sin duda, tres los más importantes: Jesús, Moisés y Salomón. Con su ejemplo me formé, además de las enseñanzas que recibía en el seno de la Iglesia Metodista Pentecostal, en la cual participo hasta el día de hoy. Todo esto hizo que mi visión literaria estuviese fuertemente influida por la fe religiosa; hasta el punto en que hoy no puedo reconocer ningún otro libro o autor que me haya guiado de esa forma.

A los doce años me propuse poner en práctica, como nunca antes, todo lo que fuera recomendado a través de los sermones impartidos en el pequeño templo al que asistía. Fue así como el predicador habló en cierta oportunidad de la sabiduría de Salomón; personaje familiar para mí, ya que la educación infantil en nuestra iglesia se basa en sus Proverbios. Me propuse imitarlo en algo, y desde ese día incluí en todas mis oraciones la siguiente petición: Señor, dame sabiduría así como la diste a Salomón. No estaba presente en mi corazón más que el genuino anhelo de hacer algo que a Dios le agradaría mucho.

Al llegar a la adolescencia, con quince años a mi haber, me di cuenta que mi mente se llenaba de ideas que me sorprendían a mi mismo, y hasta me molestaban a veces por su número, variedad y frecuencia. Decidí entonces suspender mi petición de sabiduría, que había mantenido invariable hasta esa época; con gran temor de que este torbellino intelectual me llevase a la locura o algo parecido. Sin embargo, fue entonces cuando la necesidad de expresar todo lo que sentía me impulsó a escribir poemas con más frecuencia; en especial en el periodo de mis vacaciones escolares.

Siempre luchando con mis carencias financieras, debido a las cuales en más de una oportunidad me faltó una hoja perforada en la cual pudiera pasar en limpio mis versos; a la edad de diecisiete años logré reunir unos cuarenta poemas, en un archivador que llegó a ser, junto a mi Biblia, el bien más valioso que poseía. Estaba convencido de que algún día podría publicarlos. A veces los copiaba en hojas sueltas de cuadernos, que andaba trayendo dobladas en mis bolsillos, para mostrarlos a mis compañeros de curso, en el Liceo de Aplicación, quienes fueron los primeros en mostrarme su apoyo y admiración. En otras ocasiones me sentía muy triste al no poder compartirlos con personas que deseaban leerlos, sin que pudiera facilitarles un ejemplar, por temor a perder los originales; ya que no existían los medios tecnológicos de la actualidad para la reproducción de textos. De hecho, en cierta oportunidad perdí un cuaderno completo en el cual había comenzado a escribir copias, con la mejor letra que poseía.

A los diecisiete me inicié en el campo narrativo, para expresar otro tipo de ideas que inundaban mi mente. Escribí un cuento, cuyo título era El Hombre de Sal, que más tarde desheché por malo, y me di cuenta de que me faltaba bastante para lograr algo realmente valioso. Algo parecido me ocurría con mis poemas; ya eran muy abundantes, sin embargo sentía que podía mejorar aún. Fue entonces que, tras escuchar en un programa radial a los integrantes de un taller literario, quise integrarme a sus reuniones para aprender de ellos. Fui un día lunes a visitarlos, por primera y última vez. Me atendieron bien, pero estaba muy asustado; y me sentí extraño entre esas personas a las cuales no conocía, todas mayores que yo. Además, el horario y el día se topaban con mis actividades en el Centro Evangélico Universitario; a las cuales no estaba dispuesto a renunciar.

A esa edad cursaba el cuarto año medio, y nuestro profesor de filosofía nos impulsó a escribir un trabajo sobre la Violencia; el cual podría considerar como mi primer ensayo. Yo era de carácter más bien tímido; sin embargo en esa ocasión me atreví a comportarme de una forma que hasta ahora me sorprende: No quería, simplemente, efectuar un trabajo de investigación sobre lo que otros opinaban sobre el tema. Con gran entusiasmo, me entregué a la tarea de organizar mis ideas, en un viejo cuaderno de borrador; incluso dibujé cuadros ilustrativos en colores. Sin embargo, esto me tomó bastante tiempo; y pronto llegó la fecha de entrega, cuando ya casi se acababa el plazo para poner las notas del semestre. Como mi trabajo aún no estaba en su versión final, le expliqué la situación al profesor. El sonrió, y me pidió que le mostrara lo que tenía hasta ese instante. Lo hice, y me calificó con un cinco, en la escala de uno a siete. No era bueno, en realidad, tomando en cuenta el esfuerzo que había hecho durante varias semanas y que la nota valía doble. Por otro lado, fue una gran cosa que accediera a revisar algo que estaba lleno de borrones y escrito con mala letra; aunque hizo que me comprometiera a completarlo durante las vacaciones de invierno. Así lo hice, y se lo entregué cuando volvimos a clases. Desgraciadamente, nunca logré que me lo devolviera, por más que se lo pedí.

Otro ámbito en que me hice conocido como poeta fue la iglesia. Tras enterarse de lo que escribía, en más de una oportunidad me pidieron que recitara en público. Esto en verdad me agradaba mucho, pero yo deseaba hacerlo con fondo musical y no siempre había un intérprete para ejecutar un instrumento en la forma adecuada. Grabé entonces algunos poemas con el acompañamiento de uno de mis hermanos, Horacio, en guitarra; pero él ya estudiaba en la universidad, y no disponía de mucho tiempo. A mis hermanos en la fe les agradaba mucho lo que yo hacía, pero nuevamente me encontré con las ya mencionadas limitaciones para publicar mi obra.

Al egresar del liceo, como muchos otros jóvenes, debí escoger la ruta para continuar mis estudios superiores. Yo tenía una ventaja aparente: me gustaban todas las carreras, con excepción de las que se relacionaban directamente con la medicina. Tomando en cuenta mi situación económica, con un padre ya avanzado en edad, consideré que no podía equivocarme ni intentarlo más de una vez. Siguiendo las impresiones que entonces tenía, deseché el camino de la Arquitectura por oneroso, y el del Derecho por deformativo; y postulé en primer lugar a Sicología, luego a Ingeniería y a Periodismo, entre otras opciones. Me comprometí con Dios a seguir por el rumbo que El me indicara. A pesar de que mis puntajes fueron excelentes en Aptitud Verbal y Matemática, no bastaron para que mi preferencia llegara a hacerse realidad. Fue así como, tras cinco años de estudios, terminé siendo Ingeniero de Ejecución en Procesamiento de la Información; especialidad que escogí principalmente por ser la más corta, en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

Al comenzar mis estudios en dichas aulas, ciertos alumnos pasaron por cada sala haciendo una invitación a los novatos, para que se integraran a su taller literario. Yo acepté el desafío, pero me decepcionó la visión pesimista, atea y sobrecargada de afanes políticos que había en sus reuniones. Sentí entonces el inmenso contraste entre su visión terrenalista de las cosas, que les provocaba mucha amargura y poca esperanza sobre lo que no fuera el ejercicio de la fuerza y la protesta; y mi visión celestialista, que pretendía acatar ante todo la voluntad divina, admitiendo que en última instancia sólo Dios podía saber lo que era mejor para cada persona, grupo o nación. Así es que pronto decidí retirarme, para no sufrir tal diferencia.

A pesar de esta experiencia lamentable, fue justamente a fines de ese primer semestre cuando escribí mi segundo cuento, y el primero que consideré como aceptable, titulado Complejo de Ingeniero. Es un relato que contiene en gran parte lo que me tocó vivir y presenciar, en el aspecto más humano de aquel diario batallar de tantos muchachos, detrás del triunfo académico. Sólo que su final no es como el mío, ya que yo realmente llegué a la meta, siendo aprobado con distinción máxima. Dicho cuento fue publicado un año más tarde en la revista del Centro de Alumnos y, según me contaron algunos compañeros, provocó arduos comentarios entre los alumnos, ya que revelaba una situación tan real como dramática. Es por ello que, contra lo que algunos lectores desearían, quise mantener su final desafortunado, ya que deseaba reflejar precisamente la situación de los aparentemente fracasados; en la cual yo casi llegué a estar en un principio, debido a lo difícil que me resultaba enfrentar cada día problemas tales como: el pasar días enteros sin comer; no tener la ropa adecuada para protegerme del frío o la lluvia; carecer de dinero para cancelar los pasajes en microbús, por más cansado que me sintiera; no tener calculadora y otros instrumentos adecuados para el dibujo técnico, no ver el pizarrón durante un año, debido a que perdí mis anteojos; además de mi frustración por no tener más ramos humanistas.

Frente a tanta adversidad, durante el año 1979, me sentí bastante solo y triste, y le pedí a Dios que me concediese una polola (en Chile se le llama pololeo a la primera relación formal de pareja). Fue entonces cuando conocí a Lu Oshin (así la llamo yo), quien hoy es mi esposa. Pronto comencé a escribirle mis cartas, para expresarle mis sentimientos y contarle mis experiencias. También por ella escribí, años más tarde, el poema de amor más extenso en mi obra: Esperanza. Además compuse varios poemas y canciones de plegaria, alabanza y gratitud a Dios; ya que estaba claro que sólo con su incomparable ayuda podría triunfar. Por otro lado, seguí un curso de guitarra clásica, que me permitió cumplir otro de mis sueños infantiles, como era el tocar un instrumento musical. Sin embargo, aunque mi situación económica mejoró a partir del tercer año, al obtener una beca; tuve que dedicar cada vez más tiempo al estudio, a las ayudantías, a las prácticas de vacaciones, a trabajos parciales realizados al final de mi carrera, a la docencia preuniversitaria, y a nuevas responsabilidades adquiridas en la iglesia. Todo esto me impedía dedicar mucho tiempo a la literatura, y muchas veces me resultó más fácil emplearlo en la música, ya que ésta es una actividad menos cansadora.

Como era lógico, al comenzar a ejercer mi profesión, con mis primeros sueldos me compré una guitarra, una máquina de escribir y algunas colecciones de libros baratos. Junto a Lu Oshin, que estudiaba secretariado, comenzamos a mecanografiar mi obra literaria, y me atreví a participar en algunos concursos. El primero de importancia en el cual competí, auspiciado por un diario importante, me causó una gran decepción; no tanto porque yo no ganara un premio, sino porque el primer lugar fue adjudicado a un cuento que, a mi juicio, dejaba bastante que desear. Años más tarde, un comentarista especializado de otro periódico analizó una antología donde aparecía dicha obra, y afirmó que no valía la pena leerla.

Egresé de la universidad en el 1983, con mi salud física y mental bastante desmejorada. Al año siguiente, con ocasión del Octogésimo Cuarto aniversario de la fundación de nuestra iglesia, la Organización de Juventudes Metodistas Pentecostales realizó un concurso literario de cobertura internacional, cuyo tema central era la vida y obra de nuestra Corporación. A pesar de que disponía de muy poco tiempo antes que el plazo de entrega se cumpliera, un hermano en la fe me convenció de que participara; lo hice y obtuve el segundo premio, con un poema titulado Profecía. Fue una gran satisfacción; pero mi trabajo cotidiano ahora no tenía nada de poético, y debí dedicar buena parte de mi tiempo libre a redactar mi memoria para optar al título de ingeniero; labor que me ocupó los siguientes tres años, ya que la cumplía a regañadientes.

Me casé en noviembre de 1986; lo que dio comienzo a una etapa de gran tranquilidad para mí, antes que nacieran mis hijos. Me dediqué a leer historia de Chile y filosofía, a escuchar música docta, y a tocar guitarra y violín; antes que a escribir. También realicé algunos dibujos con lápices de colores y grafito. Tras algunos años de practicar la lectura musical, comencé a escribir mis propias composiciones. Al nacer Israel, mi primogénito, en diciembre del año 1988, debí sacrificar en parte algunas de estas actividades para dedicar tiempo a su atención, tanto de día como de noche, ya que era bastante enfermizo.

Decidí entonces que debía ordenar y registrar mi obra literaria. Fue así como, en diciembre del año 1989, reuní mis poemas de adolescente en un libro titulado Ilusión. Este título significaba lo que resulta esa etapa para la mayoría de las personas, en especial en lo que se refiere al amor de pareja; es así, como no llegué a constituir algo concreto con ninguna de las damas que me inspiraron para escribir tales versos. En cuanto al idealismo que ellos reflejan acerca de otros temas, me alegro mucho de conservarlo hasta el día de hoy. En mayo de 1990 terminaba la encuadernación de mi segundo libro, titulado Memorias de un Caminante, que contenía los poemas discurridos a lo largo de muchas caminatas nocturnas. En tercer lugar encuaderné el libro Con Jesús en mi Alma, que reunía mis poemas netamente cristianos, en abril de 1992. Estos tres libros fueron escritos con máquina mecánica, y representan una recopilación de poemas que había escrito años antes, con pequeñas rectificaciones de última hora.

En el año 1988 comencé a trabajar en el Banco Internacional. En dicha institución obtuve varios premios, con motivo del concurso literario que se realizaba en su aniversario: un tercer lugar, en 1990, con el cuento La Nube; y el primero, tanto en poesía, con el poema Ahora Comprendo, como en narrativa, con el cuento Falla Humana, en el año 1992. También obtuve allí un premio a los mejores funcionarios, en el año 1988; y una mención honrosa, por la confección de una Bandera Institucional, algunos años más tarde. Mi trabajo en dicho lugar fue muy provechoso; pero, al exigirme un gran esfuerzo mental, por sus características, restó potencia al trabajo artístico que realizo en mis horas de ocio. Esto se vio agravado por la distancia que debía recorrer cada día para trasladarme en el transporte público; lo cual me quitaba unas dos horas y media, en promedio, que también podría haber dedicado a escribir o a descansar.

En el año 1993 me compré un computador personal algo anticuado, que me permitió acelerar mi producción literaria, por las ventajas de almacenamiento, modificación y reproducción que dicha herramienta tecnológica representa. Por medio de ella, transcribí el poema libro Odisea de Dolor en marzo de 1993, a partir de borradores manuscritos; en el cual se reflejan mis sentimientos de aversión a la violencia, la injusticia, la esclavitud moral y el sufrimiento que se derivan de las guerras humanas. También escribí los cuentos La Caza del Volantín y Pequeño Sol, los que junto a otros cinco relatos formaron parte del libro Pequeño Sol, el cual registré como propiedad intelectual en febrero de 1994.

En marzo de ese año ingresé a la carrera de Ingeniería Comercial, en horario vespertino; debido a lo cual debí postergar mi actividad artística casi por completo, durante dos años. En medio de ese trajín académico, me encontré con un afiche que invitaba a participar en un concurso de narrativa, para resaltar valores universales, organizado por la Editorial Salesiana. Acepté el desafío y me presenté con Pequeño Sol, obteniendo un Premio de Novela Corta. Esto permitió que, en el año 1999, esta obra fuese publicada junto a otras doce, en una antología que contenía obras premiadas en los años anteriores. No participé en el año siguiente, esperando que se cumpliese la publicación; tras lo cual, desgraciadamente, el concurso no ha vuelto ha realizarse en las mismas condiciones, ya que la Editorial Salesiana desapareció el mismo año en que yo fui premiado. También obtuve un tercer precio ese año, en un concurso de cuentos organizado por la Corporación Bresky de Valparaíso, con el cuento Desmasificación.

En el año 1996, tras cumplir mi objetivo de estudio parcial, decidí suspender mi carrera hasta que mis hijos crecieran un poco más, y así poder retomar las diversas labores que había postergado, principalmente en la literatura, la música y la iglesia. Fue entonces cuando, en abril de 1997, completé mi libro Esperanza, que incluye poemas escritos a lo largo de la década de los ochenta. Tras cumplir, al fin, con la encuadernación y registro de todos mis versos, decidí abocarme de lleno al género narrativo, con ideas que, durante años, habían estado pendientes. Fue así como, ese mismo año, escribí una novela infantil titulada El Príncipe y la Primavera. Desde el año 1998 hasta el 2001, escribí otros siete cuentos, con los cuales completé un segundo libro, titulado Tu cruz de Flores.

En marzo de 1998, en el Centro Evangélico Universitario me solicitaron que impartiera la clase magistral que da inicio al año académico del Preuniversitario de nuestra iglesia, durante el mes de abril; su título fue: Dios honrará mañana a quienes le honran hoy. Semanas más tarde se me pidió que organizara un curso sobre Principios y Valores Cristianos, y posteriormente participé en la confección de una página web para la Iglesia Metodista Pentecostal, de la cual soy miembro desde mi infancia; donde me tocó redactar un resumen de la Historia de Nuestra Congregación, que fue publicado en la página oficial de nuestra congregación. Todo esto fue requerido por tres hermanos Oficiales distintos, superiores a mí en la jerarquía eclesiástica,y me sentí muy contento por ello. Por estas circunstancias, me decidí a realizar estudios personales sobre Teología Liviana e Historia Universal, para sentirme mejor preparado. Desde entonces comencé a redactar una serie de documentos que, si Dios lo permite, también pasarán a formar parte de mi producción literaria en un futuro no lejano.

En enero del año 2002, sentía un imperioso deseo de compartir lo que hasta ese momento había creado, ya que los años pasaban y no encontraba la mejor manera de hacerlo. Hasta ese momento nunca recurrí a una editorial, para presentar mis escritos; y poco a poco estaba consiguiendo ordenarlos, en mi computador, con un formato único. Pero mientras pasaba en limpio lo que ya había terminado, nuevas ideas venían a mi mente, y el tiempo se me hacía escaso para tantas cosas. Un día viernes, a la hora de almuerzo, me encontré con un hermano al cual no veía en bastante tiempo; él me propuso que escribiera para un periódico que estaba editando (ECL Mundo), con lo cual una nueva ventana se abría, a través de la cual podría expresar mi pensamiento.

A partir del año 2000, pude obtener acceso a Internet . Poco a poco, recorrí la red buscando páginas cristianas. Así fue como me encontré con Selah, de Argentina, en la cual colaboré enviando un par de poemas, pero hasta ese momento no pensaba que yo mismo podría poseer un sitio. Sabía muy poco acerca del tema, porque había participado en ellos sólo como redactor. Sin embargo, tenía ventajas evidentes para aprender, por ser un profesional de la informática. Es así como, en febrero del año 2002, comencé a diseñar mi propio espacio multimedia; sin tener mayor experiencia, pero con la convicción de que, a través de dicho canal, al fin podría mostrar a otros todo lo que producía.

Martes 5 de Febrero de 2002

 

CASI SIETE AÑOS DESPUÉS

Domingo 9 de Noviembre de 2008

No hubiera imaginado, al terminar de escribir mis palabras, el 5 de febrero de 2002, que ocurrirían tantas cosas trascendentes en mi vida, en los siete años siguientes. La partida de las tres personas mayores que yo más quería: mi mamá, mi papá y mi Obispo; el que mis hijos dejaran de ser niños; la pérdida de mi trabajo, tras dieciséis años de estabilidad, y tener que volver a empezar; y el alejamiento de otras personas que yo apreciaba mucho; afectaron mi salud y mi ánimo. Sólo gracias a Dios he podido resistir en medio de tantas adversidades, y recuperar, poco a poco, las fuerzas para seguir luchando. Siempre he creído en lo que la Palabra de Dios afirma: todo lo que ocurra es para mi bien, incluyendo el último hálito de mi vida.

Todo lo anterior incidió en que me ocupara en menor medida de mi sitio web y de mis obras literarias, reservando mis energías para atender a mi familia, cumplir con mis responsabilidades en la iglesia, y realizar algunos estudios necesarios para enfrentar de mejor manera los nuevos desafíos profesionales; como fueron un diplomado en E-Business, en CIISA, y la carrera de Traducción (de textos) Inglés-Español, en el Instituto Chileno Norteamericano. A pesar de ello,  escribí otros siete cuentos, que agrupé en el libro Currículum Vitae comencé a publicar pensamientos en  mi sitio, y he escrito algunos poemas que publicaré en algún momento. También escribí un ensayo sobre el ataque a Las Torres Gemelas de Nueva York, ocurrido el 11 de septiembre de 2001.

En el año 2003 participé, a través de Internet, en un Concurso Internacional de Poemas Cristianos, organizado por el sitio Pan de Vida, con sede en los Estados Unidos; en el cual obtuve el lugar número 15, con el poema Con Jesús en mi alma

En agosto del año 2004 comencé a trabajar en BancoEstado, donde obtuve el segundo lugar en un concurso de poesía que se realizó en ese mismo año, con el poema Remembranzas. Por ser un trabajador externo, contratado a honorarios, debí solicitar un permiso especial al Gerente de Bienestar para participar; en un momento en que no me sentía muy bien, por todo lo que había perdido de mi trabajo anterior, tras ser despedido por una reestructuración de gran envergadura.

En el año 2008 participé en el concurso de cuentos organizado por el Colegio de Ingenieros, en el cual obtuve una mención honrosa con el cuento Currículum Vitae, en cual fue publicado por la Editorial Forja, en una edición cerrada que sólo se vende por Internet (www.elatico.cl). Por otro lado, debo contar que la Antología de Cuentos Juveniles, donde aparece mi cuento Pequeño Sol, ya está en su cuarta edición, y se vende en las librerías Don Bosco. Yo no recibo ingresos por derechos de autor en ninguno de los dos casos.